lunes, 15 de enero de 2018

DROGAS Y MUERTE A LA ORILLA DEL PACÍFICO

Por Diego Valadez
Ciudad de México, (Aunam). Es la hora de la comida, el barullo de los cubiertos chocando contra los típicos platos de cerámica con motivos florales y risas de oficinistas son los sonidos que pueden escucharse a las tres de la tarde en el Mercado Tlacoquemécatl. Entre paredes de ladrillo rojo y personas con traje se encuentra Uriel, sentado frente a una mesa para dos.


El hombre de 37 años, tez morena oscura y baja estatura resalta entre los empleados de las empresas cercanas por su vestimenta: una camisa polo azul celeste y un par de jeans azules difieren del estilo gris y aburrido a su alrededor.

Uriel, como ha pedido que se le llame en vez de su nombre real, perteneció unos cuantos años a un pequeño cártel en la costa central de California (Estados Unidos), pero los suficientes para sufrir sus efectos. Pasó quince años tras las rejas, tres menos de los que originalmente recibió como condena.

Las voces fuertes y una que otra carcajada ruidosa distraen la atención. Uriel pasa su mano por su cortísimo cabello negro mientras sus pupilas pasean a lo largo del recinto. De arriba a abajo y de izquierda a derecha sus ojos oscuros buscan en que enfocarse, sus nervios parecen incontrolables.

Una joven simpática ha venido a tomar la orden, Uriel pide una orden de tacos dorados y se limita sólo a mirar el patrón a cuadros del mantel verde. La jarra de agua de frutas, incluida en el menú, llega segundos después, permitiéndole seguir buscando una excusa para salir huyendo. No obstante, jamás la encuentra.

Donde la ciudad terminaba

Pueblo de Santa Fe, Ciudad de México. Barrio capitalino caracterizado las últimas tres décadas del siglo pasado por su cercanía con el basurero y la aparición de pandillas como Los Panchitos en las barrancas de aquel extremo de la ciudad.

“Era como el fin del mundo, no había colonias bien hechas más allá de donde terminaba Santa Fe, sólo había basura y algunas casitas de lámina o cartón. Aunque empezaron a construir la Ibero después de lo del 85, no había nada más”, describe el entrevistado, quien después de casi 30 años de haber dejado el lugar aún siente cierta nostalgia por el vecindario que lo vio crecer.

Uriel, el hijo menor de la familia, acumularía sus primeros once años de recuerdos en una pequeña casa cercana a la parroquia de la comunidad. Sin embargo, tendría pocos juegos y anécdotas infantiles que compartir con su única hermana, debido a los ocho años que ella le lleva de diferencia.

Su primo Emilio, en consecuencia, sería su compañero inseparable durante su niñez. Correr por el mercado y otras actividades lúdicas tendrían como escenario aquel viejo Santa Fe, entre los desperdicios de una urbe que seguía creciendo y la utopía de Vasco de Quiroga.

Los platillos ya están servidos, aunque Uriel apenas ha tocado sus tacos. Su mirada paró de divagar y había decidido no probar bocado hasta concluir su historia. Al parecer pensó que los alimentos impedirían que continuara su relato o que le robarían sus preciadas memorias.

“Éramos los dos juntos un caos. Me acuerdo que mi abuelita, que vivía a unas calles, les dijo a nuestras mamás que la visitáramos por separado, no nos aguantaba. Nos gustaba mucho jugar a los luchadores, hasta nos disfrazábamos; una vez estábamos luchando en la azotea y Emilio se cayó, pero lo más que pasó fue que se rompió un brazo”, recuerda Uriel con una gran sonrisa en su rostro bronceado.

Aquel mundo de recreo y diversión tendría que terminar en algún momento. A unos de meses de su onceavo cumpleaños recibió una noticia que cambiaría su vida para siempre: su madre decidió que cruzarían la frontera norte hacia Estados Unidos para encontrarse con su padre en Monterrey (California).

A la orilla del mar

El camino fue largo y difícil: un día de viaje hasta Tijuana, cruzar la frontera con la ayuda de los famosos coyotes y caminar dos días –incluyendo paradas– hasta Los Ángeles era sólo el comienzo de la travesía.

Uriel estaba cansado, tenía calor y hambre, contaban con poco dinero y debían utilizarlo para comprar los boletos de autobús a su último destino. La dirección que tenían de unos parientes en Los Ángeles facilitó las cosas: una prima y su esposo les proporcionaron alojamiento, comida y transporte hasta la terminal de autobuses.

El paisaje californiano cambiaba conforme avanzaba el trayecto mientras Uriel lo observaba por la ventana. Las grandes palmeras y plantíos de árboles frutales se fueron transformando poco a poco en pinos y secuoyas; el clima era menos caluroso y las aguas del Océano Pacífico rugían contra las formaciones rocosas. Bienvenidos al Condado de Monterey y a la Costa Central de California.

“Aún me acuerdo de la primera vez que vi Monterey. Hacía mucho aire cuando nos bajamos del camión, pero olía a sal. Nunca había visto el mar, mucho menos casas de madera junto a él, pensaba que había llegado a otro planeta”, menciona antes de darle la primera mordida a su taco.

A Uriel ya no le cuesta mantener la conversación, cada palabra fluye entre sus labios gruesos tan fácil como lo haría con un viejo amigo. Su impaciencia se ha desvanecido, evita distraerse con los sucesos y sonidos de su entorno. El Mercado de Tlacoquemécatl ha desaparecido y en su lugar se ha materializado la ciudad de Monterey, tan fría y pintoresca como el entrevistado la recuerda.

Largas extensiones de rocas y arena, un animado muelle con locales comerciales, pequeños hoteles de todas las categorías, la helada brisa marina, y la armonía entre edificaciones novohispanas y estadounidenses son los rasgos que representan a esta pequeña ciudad turística encallada en la bahía del mismo nombre.

El padre de Uriel trabajaba como ayudante de cocina en un hotel junto la playa de Carmel-by-the-Sea. Llevaba casi cuatro años laborando en el lugar y reportaba muy buenas ganancias, mismas que enviaba a su familia mes con mes, además de permitirle rentar un modesto departamento en un tranquilo vecindario de clase media.

Por otro lado, su madre no tardó en conseguir empleo. Los servicios de intendencia, a pesar de no ser los mejor pagados, propiciaron a que, en conjunto con el salario de su padre, Uriel y su hermana llevaran una vida sin carecer de la satisfacción de sus necesidades básicas.

El joven mexicano ingresó al penúltimo año de primaria en una institución pública cercana a su domicilio. A pesar de la barrera lingüística, para el año siguiente Uriel ya manejaba con una fluidez aceptable el idioma inglés, entendía a sus compañeros y profesores y realizaba tareas sencillas. Uriel expresa que es el único de su núcleo familiar que habla esta lengua y que, hasta la fecha, ni su hermana ni sus padres han mostrado interés por aprenderlo.

Bahía roja

La adolescencia es una etapa de la vida donde se conjuntan las nuevas experiencias, donde los amigos y la búsqueda de la propia identidad fungen como un fuerte muro divisorio en el mundo infantil y el adulto. Sin embargo, Uriel no contemplaría que esa pared lo perseguiría hasta su actualidad.

Desde principios del siglo XX California ha sido sinónimo de multiculturalidad. Los diversos grupos étnicos y lingüísticos que se asentaron en ese territorio se relacionaron profundamente con sus iguales y formaron comunidades donde compartieran símbolos, idioma, religión y un mismo sentir.

Los cuatro grandes puntos económicos del estado (Los Ángeles, San Diego, San Francisco y San José) vieron nacer en sus calles grupos de jóvenes que, desde la década de 1970, se inclinaron por crear un propio estilo de vida a través del vestir y formas de pensar y actuar, pero sin dejar a un lado su origen o el de sus antepasados.

La ciudad de Monterrey, a pesar de su tamaño, no se vio excluida de este proceso: pandillas de mexicanos, centroamericanos, chinos o afrodescendientes surgieron en diversos puntos de la bahía. Uriel, al igual que su nuevo hogar, no se privó de pertenecer a uno de estos grupos.

“Yo tenía quince años cuando empecé a juntarme con los muchachos de mi cuadra, todos eran mexicanos o sus jefes lo eran. Íbamos casi todos a la misma high school, pero yo era de los más chicos en la gang. Nos divertíamos un chingo, probé con ellos la coca y otras cosas”, expone Uriel riendo, pero con un aire de nostalgia en sus ojos.

El joven pandillero aún no sabía en lo que se convertiría esa aventura californiana. Otros integrantes de su grupo, a quienes su sociedad llamaba cholos, se habían involucrado en la venta de drogas en el área de Monterey, actividad en la que pronto también se encontraría inmerso.

A sus diecisiete años el inmigrante adolescente y sus amigos se convirtieron en uno de los principales distribuidores de marihuana, cocaína, heroína y otros narcóticos en Monterey y sus alrededores. Uriel abandonó la escuela y dedicó todo su tiempo y energía al boyante negocio. Personas de todos los estratos sociales iban a buscarlo en algunos parques de la ciudad, a la par que realizaba también entregas a domicilio.

No obstante, sus actividades se veían amenazadas por cárteles rivales de mayor envergadura. Clanes de San Francisco habían penetrado en Monterey y ofrecían precios más bajos y, en consecuencia, ganaron fuerza en el pequeño puerto.

“Nos quitaron muchos clientes, ellos traían más variedad que nosotros. Lo que pasaban nuestros proveedores de Tijuana a San Diego ya no era suficiente. Los de San Francisco estaban vendiendo variedades muy exóticas de China, Tailandia y otros países de por allá y bueno, por eso hicimos lo que hicimos”, explica el ahora exdistribuidor.

Su voz se empieza a cortar. La fluidez con la que había relatado sus primeros dieciséis años de vida ahora no es más que un recuerdo. Sus facciones reflejan seriedad, los ojos bien abiertos y apuntando de nuevo al mantel dan la sensación de que lo que está por venir es doloroso.

“Fue en la tarde, 16 de octubre, tenía veinte años. Tres amigos y yo nos encontramos con dos de los vendedores de la otra pandilla, un mexicano y un gringo. Todo empezó con mentadas y uno que otro madrazo. No queríamos aceptar que nos estaban quitando clientes, había que enseñarles que era nuestra ciudad y no se podían meter, pero las cosas se salieron de control. Uno se calienta, saqué de mi pantalón la pistola y disparé dos veces, así sin ver, sin apuntar”, recuerda Uriel.

En años pasados él ya había utilizado armas blancas y de fuego o lastimado a miembros de otros grupos, pero jamás mató a nadie, hasta aquel día. Había terminado con la vida de un ciudadano estadounidense. Dos balas perforaron su cuerpo: una en su rostro, abajo del ojo izquierdo, y otra en el pecho. Había caído al suelo, al asfalto que se convertiría en su lecho de muerte. El líquido rojo emanaba de su cuerpo, mientras se esforzaba por dar el suspiro final y ver el cielo oscuro por última vez.

El recuerdo de ese cadáver no abandonaría a su asesino jamás, lo llevaría a sufrir, durante quince años, un frío aislamiento tras las rejas e incluso atormentaría años más tarde al pequeño su novia dio a luz unos cuantos meses atrás.

Lejos de la luz del sol

La decisión del juez fue inapelable: tendría que pagar una condena de dieciocho años en prisión por homicidio y tráfico de drogas en una prisión de alta seguridad al sur del estado. Además, sería separado de sus seres queridos –las visitas no estaban permitidas– y deportado al concluir su larga sanción.

“Todo el tiempo tenía mucho frío, creo que es porque no había ventanas. No sabía si era de noche o de día, mucho menos qué hora era. De vez en cuando nos sacaban al patio a que nos diera el sol, claro, sólo una hora, máximo dos, más o menos. Todo el día me tenían con unas cosas de metal en los pies, para que no intentara escaparme. Al menos en la noche nos los quitaban”, revela el exconvicto.

Aquel primer lugar de encierro, sin embargo, sólo sería temporal. Siete años más tarde sería trasladado a un lugar con medidas mucho menos estrictas por su buena conducta. Recuperaría de cierta forma un poco del ánimo que la helada cárcel le había hurtado.

Una de las tres prisiones estatales de California sería el escenario para que se reencontrara con sus padres, su hermana y, sobre todo, con su hijo. No tendría jamás que permanecer encadenado y estaría con más frecuencia expuesto a la intemperie.

Uriel señala que pudo ver a su hijo crecer y decirle cuantas veces pudo que lo quería. Le prometió que iba a cambiar, que ya no volvería a las actividades delictivas e intentaría recuperar su rol de padre. No obstante, la situación no llegaría a cumplirse.

En septiembre del 2011 una bala atravesaría la espalda de su hijo. El niño de once años, al regresar caminando de la casa de sus abuelos, sería interceptado y asesinado por un hombre de unos treinta años a las siete de la tarde. La noticia se la dio su hermana por medio de un vigilante.

Ha optado Uriel por mantenerse en silencio, aprieta los puños sobre la mesa en señal de rabia y reprime a la perfección las lágrimas. Toma con rapidez una servilleta y la pasa por el contorno de sus ojos. Nada ha sucedido.

“¡Desgraciados! ¡Pinches maricones! ¿No pudieron meterse con alguien de su tamaño los muy putos? Él no tenía la culpa de nada. Su único error fue ser hijo mío”, externa entre dientes.

Los meses consecuentes fueron un infierno para Uriel: no podía dormir, no había noche en la que no rompiera en llanto. Su temperamento se tornó violento otra vez y, a la primera provocación, apuñaló a uno de sus compañeros. La seguridad era muy laxa en aquel lugar, era fácil traficar armas blancas, alcohol y tabaco, varios policías se encargaban de distribuir las mercancías entre los presos que pudieran pagarlas.

Como no era de esperarse, Uriel fue castigado por su acción: regresó a una penitenciaría de alta seguridad. Caminó de nueva cuenta con grilletes en los tobillos y aislado del exterior. Empero, la templanza de su carácter le valió esta vez la reducción de la condena, pues sería liberado tres años antes de lo previsto.

Fue trasladado a Tijuana, donde todo comenzó hace casi veinte años, sin ninguna pertenencia más que la ropa que su familia le había proporcionado. Su madre lo esperó con impaciencia en aquella ciudad fronteriza para guiarlo y acompañarlo con unos parientes que residen al norte del Estado de México. Allí comenzaría de nuevo su vida trabajando en un taller familiar de carpintería.

Empezar de cero siempre resulta difícil, sobre todo cuando lo que más lastima es perdonar. Uriel desechó, con mucho esfuerzo, las ideas de venganza que lo atormentaban, pero la herida sigue abierta. Aún espera que se haga justicia por la muerte de su hijo.

“Yo ya pagué lo que debía, pero no he visto claro. Me dicen que la investigación sigue abierta, pero yo sé quiénes fueron. No haré nada, todo lo dejaré en manos de Dios. Le prometí a mi niño que ya no volvería a hacer esas cosas y lo voy a cumplir”, afirma el joven repatriado.

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